viernes, 13 de marzo de 2026

Cristóbal de Fonseca, reconocimientos de Cervantes a Lope de Vega


Supuesto retrato de Miguel de Cervantes
Atribuido a Juan de Jauregui - 1600

La obra de Cristóbal de Fonseca fue ensalzada por Miguel de Cervantes (1547-1616) en la primera parte del Quijote (1605), que lo recuerda en el prólogo, cuando relata la conversación con un amigo que le da ideas para que cite a escritores que darán renombre a su novela, dice: «Si trataredes de amores, con dos onzas que sepáis de la lengua toscana, topareis con León Hebreo, que os hincha las medidas. Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia».[1]  Al decir “Del amor de Dios”, Cervantes se está refiriendo a la obra de Fonseca “Tratado del amor de Dios” de 1592, parece probado que esta referencia Cervantes la hace con cierta ironía como veremos más adelante.

Félix Lope de Vega
Anónimo madrileño

Lope de Vega (1562-1635) lo recuerda en una de sus composiciones poéticas de Jerusalén conquistada (1609). Al margen de la estrofa que transcribimos a continuación se puede leer «Al M.F. Cristóbal de Fonseca merecidísimo de toda alabanza».[2]

«Fonseca universal, fuente perenne,

Ya no Fonseca, sino fuente viva,

Pues en admiración el mundo tiene

Tu misma pluma, tu alabanza escriba».

El dramaturgo y actor Andrés de Claramonte y Corroy (Murcia, 1560?-Madrid, 1626) en su Letanía Moral dice de él: «El padre maestro Fonseca, del hábito agustino, padre de tantos que han enriquecido a España, insigne predicador».

Grabado de Vicente Espinel

Vicente Espinel (1551-1624) en su obra Vida del escudero Marcos de Obregón (1618) dice: «El padre maestro Fonseca escribió divinamente del amor de Dios, y con ser materia tan alta, tiene muchas cosas donde puede el ingenio espaciarse y vagarse con deleite y gusto, que ni siempre se ha de ir con el rigor de la doctrina, ni siempre se ha de caminar con la flojedad del entretenimiento: lugar tiene la moralidad para el deleite, y, espacio el deleite para la doctrina; que la virtud (mirada cerca) tiene grandes gustos para quien la quiere; y el deleite y entretenimiento dan mucha ocasión para considerar el fin de las cosas».[3]

San Francisco de Sales
por Francisco Bayeu y Subìas

También un santo contemporáneo suyo, San Francisco de Sales (1567-1622), cita el “Tratado del Amor de Dios” en su obra de similares características “Practica del Amor de Dios”. «En nuestra edad han escrito muchos, cuyos libros por faltarme tiempo, no he leído distintamente, sino por partes, procurando reconocer si esta obra mía podrá tener lugar entre ellos. El p. Fr. Luis de Granada, maestro grande de santidad, tiene en su Memorial un tratado del Amor de Dios, que para decir cuan digno es de recomendación, basta decir que es suyo. Fray Diego de Estela, de la Orden de San Francisco hizo otro muy afectuoso, y útil para la oración. Fr. Cristóbal de Fonseca, Religioso Agustino, dio a luz otro más dilatado, en que dice muchas cosas buenas».[4]

Los recopilatorios de autores de la orden agustina de su época también le citan y nos dan alguna breve reseña bibliográfica: el padre Graciano en su Anastasis Augustiniana (1613); Tomas de Herrera el su Alphabetum «Christophurus de Fonseca celebris suo tempore concionator, non ignobilia ingenii sui reliquit posteris monumenta», que traducido del latin viene a decir «Cristobal de Fonseca, predicador famoso en su tiempo, dejó a la posteridad monumentos no insignificantes de su genio»; y también Tomas de Herrera le vuelve a citar en su Historia del convento agustino de Salamanca.

Marcelino Menéndez Pelayo
por José Moreno Carbonero - 1912

Pero no todo han sido elogios para Fonseca. El insigne crítico Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912) cree excesivos y desproporcionados tan destacadas alabanzas, transcribimos su opinión crítica sobre Cristóbal de Fonseca:

«A los que hayan admirado lo que el beato Orozco, fray Juan de los Ángeles y Malón de Chaide especularon sobre el amor divino, muy poco les quedará que saborear en el famoso Tratado del amor de Dios, del maestro Cristóbal de Fonseca, de la Orden de San Agustín, libro de verdadera decadencia, farragoso y pedantesco, y tal que sólo debe la reputación que disfruta, entre los que no le han leído, a la casualidad de haberle citado Cervantes en el prólogo del Quijote, nada menos que en cotejo con León Hebreo:  «Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del Amor de Dios, donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia». Como siempre es título de autoridad para un libro el haber formado parte de la biblioteca cervantesca, la sombra del gran novelador ha protegido a Fonseca, que es, sin duda (para hablar claro), uno de los menos originales y de los más pesados místicos españoles. Sólo a título de compilador, aunque desaliñado y sin arte, puede tener su valor, y esto para quien no conozca los originales que saqueó a manos llenas. El libro pertenece a la categoría de los llamados predicables, es decir, de los repertorios de lugares comunes, sentencias y textos para uso de los predicadores (Fonseca lo era de mucha fama), sin una centella de espíritu propio en el autor. Hasta el estilo, que todavía es de buen tiempo, se mueve lánguido y perezoso, obstruido por innumerables alegaciones de los antiguos y de los Santos Padres. No he encontrado un solo razonamiento que me llame la atención, ni por su novedad ni por la manera de expresarle: frases sueltas hay algunas muy felices, y es lo menos que se puede pedir a un libro de esa época. Sirvan de ejemplo las siguientes; «El Amor entróse por esos cielos, y cogiendo a Dios, no flaco, sino fuerte, no en el trono de la Cruz, sino de su Majestad y gloria, luchó con él hasta baxarle del cielo, hasta quitarle la vida... Porque nadie es tan fuerte como el Amor, ni aun la muerte, porque puso el Amor la bandera en lo más alto de los homenajes de Dios». El historiador de la Estética puede pasar de largo por delante de este libro tan ponderado, donde lo poco bueno que hay es de Platón, del falso Areopagita, y de todo el género humano».[5]

Otro critico M. Solana, más comedido, nos dice en referencia al Tratado del Amor de Dios: «En suma, es un buen libro, aunque no llegue a ser un gran libro».

Ya en los siglos XIX y XX se convirtió en una referencia para Santa Olalla y es citado como ilustre eulaliense en numerosas ocasiones, de las que destacamos algunas a continuación.

El geógrafo, historiador y político afrancesado Sebastián de Miñano y Bedoya (Becerril de Campos (Palencia), 1779 - Bayona, 1845) le cita en 1827 dentro de la extensa referencia que hace de Santa Olalla en su “Diccionario Geográfico estadístico de España y Portugal”: «Es patria del historiador Alvar Gómez de Castro, catedrático de humanidades y de lengua griega en Alcalá, encargado por Felipe II para el reconocimiento y corrección de las obras de San Isidoro y de Orígenes, escribió también comentarios sobre los hechos del cardenal Cisneros y otras varias obras; y del predicador Cristóbal de Fonseca, que floreció en el siglo XVI».[6]

El escritor Pedro Antonio de Alarcón (Guadix (Granada), 1833 - Madrid, 1891) le cita en 1883 en su estupendo libro de viajes “Viajes por España”: «y, en fin, por Santa Olalla, patria del historiador Alvar Gómez de Castro y del predicador Cristóbal Fonseca, ambos insignes varones y literatos».[7]

El escritor y periodista navarro Félix Urabayen, afincado en Toledo y gran conocedor de su provincia, dijo de él en 1928: «Podemos ir a Santa Olalla, a olfatear el rastro erudito de fray Cristóbal de Fonseca, probable autor del falso Quijote».[8]

Un retrato suyo se encuentra en la colección de ilustres toledanos del cardenal Lorenzana, conservada y expuesta actualmente en la Biblioteca de Castilla-La Mancha en el Alcázar de Toledo. Son retratos pintados de manera anacrónica por Dionisio de Santiago y Palomares entre 1780 y 1800, suponemos que este pintor se inspiró en el retrato de Cristóbal de Fonseca que en aquellos tiempos todavía conservaría el convento de agustinos de Toledo, según nos informaba el padre Gregorio de Santiago Vela.

Una calle del centro de Santa Olalla lleva su nombre y en 2015 coincidiendo con el V Centenario del nacimiento de Alvar Gómez de Castro se le homenajeo junto a este y a Alonso Palomino colocando un panel de cerámica de Talavera en la Casa de Cultura de Santa Olalla en homenaje “a estos tres ilustres eulalienses del siglo de Oro”.[9]



[1] CERVANTES SAAVEDRA, Miguel de: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, (Juan de la Cuesta. Madrid, 1605). Prólogo. Pág. 13.

[2] LOPE DE VEGA Y CARPIO: Félix: Jerusalén Conquistada -epopeya trágica-, (Imp. Juan de la Cuesta. Madrid, 1609). Capítulo Decimonono. Pág. 498.

[3] ESPINEL, Vicente: Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, (Juan de la Cuesta. Madrid, 1618). Prólogo. Pág. 11.

[4] SALES, San Francisco de Sales: Practica del Amor de Dios, (Imp. Andrés Ortega. Madrid, 1768). Traducción de su original en francés.

[5] MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino: Historia de las ideas estéticas, (Madrid, 1883-1889). Vol. II. Pág. de 580 a 582.

[6] MIÑANO Y BEDOYA, Sebastián de: Diccionario Geográfico Estadístico de España y Portugal, (Imp. Pierarte-Peralta. Madrid, 1827). Tomo VII, pág. 123.

[7] ALARCÓN Y ARIZA, Pedro Antonio de: Viajes por España, (Imprenta de Antonio Pérez Dubrull. Madrid, 1883).

[8] URABAYEN GUINDO, Félix: Por los senderos del mundo creyente, (Espasa-Calpe. Madrid, 1928). Pág. 220.

[9] MORENO, Javier: Santa Olalla recordará la obra de Gómez de Castro en su quinto centenario, (La Tribuna de Toledo. Toledo; martes, 1 de diciembre de 2015).

Mural cerámico a los tres eulalienses del Siglo de Oro
Ayuntamiento de Santa Olalla - 2015

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